16 países, 39 ciudades: una conclusión

Mayo del 2016. Era nuestra segunda semana de viaje y habíamos llegado a la cuarta ciudad: París. Hasta ese momento el itinerario estaba planeado y lo seguíamos bastante a rajatabla. Un mes después empezaríamos a señalar ciudades en el mapa, hacer ta-te-tí y disfrutar de lo espontáneo del recorrido.

En fin, París era el escenario. Compartíamos el cuarto del hostel con personas varias, entre ellas un personaje ruso que estaba viajando en bicicleta. Entre nosotras lo llamábamos “El Vikingo” por su semejanza física con este estereotipo: alto y robusto, rubio de ojos azules, barba abundante y un intenso olor a “rompí el record de días sin bañarme”.
Una noche mientras cocinábamos nos preguntó:
– Y ustedes, ¿por qué están viajando?
Porque queremos conocer el mundo – respondimos.
– ¡Ja! – se rió – viajando no se conoce el mundo.
– Y entonces, ¡¿cómo?!
Su respuesta no nos gustó demasiado, decidimos no darle importancia. Si el ruso no sabe de higiene, ¿qué va a saber de estas cosas?

Y seguimos viaje. Visitamos un campo de concentración en Mauthausen, recorrimos un hospital abandonado de noche en Bratislava, festejamos una hazaña futbolística croata en Rijeka, unos cisnes nos robaron el helado en Varenna y nos olvidamos de subir al Duomo en Milán. Todo eso y muchísimo más. Hasta que finalmente y sin planearlo, nos quedamos viviendo 8 meses en una pequeña isla tailandesa (ya les contaremos más sobre aquella increíble experiencia).

Un día, después de un tiempo de vivir ahí, nos miramos espontáneamente y dijimos al mismo tiempo: “el vikingo tenía razón”.

– “El mundo se conoce quedándose quieto en un lugar”.

¿Cómo íbamos a aceptar semejante declaración en nuestra segunda semana de viaje, con 14 países por delante y la ilusión y el convencimiento de estar conociendo verdaderamente el mundo? ¿Cómo se atrevía El Vikingo a desestabilizar nuestro proyecto?

Ante esto, por supuesto, la negación fue el arma elegida. Y seguimos viajando, creyendo que conocíamos las diferentes culturas estando (a veces) 2 días en cada país, corriendo de una ciudad a otra, probando aquella comida famosa local o visitando EL monumento o edificio.
Ingenuas.

Fue cuando nos quedamos quietas. Ahí, en Koh Phi Phi, conocimos el mundo. Porque lo que hace a cada país y cultura es la gente. Conociendo gente se conoce el mundo.
Hoy, gracias a Olga, Anastasia y Katya conocemos mil veces más Rusia que Francia, a pesar de nunca haber visitado el país.
Gracias a Nathan, Aaron, Ben, Lauren y los cientos de australianos que viven en esa isla; que nos torturaron deleitaron con anécdotas y detalles de sus vidas, podemos decir que conocemos su país sin haberlo pisado.
Ni hablar de Myanmar, hablamos más birmano que tailandés sin haber ido jamás, pero trabajando todos los días con grandes amigos de esa nación.

Y así podría seguir un buen rato.
Así que a estar atentos, que muchas veces no hace falta tomarse un avión, ¡el mejor viaje puede estar en la persona que tenemos al lado!

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2 comentarios en “16 países, 39 ciudades: una conclusión

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