Un arcoiris

Era un día caluroso, como prácticamente todos en Koh Phi Phi, Tailandia. Recuerdo el momento exacto pero no sé ubicarlo en el tiempo. Me pasa seguido. Es que a veces vivo experiencias como si fueran sueños y me cuesta situarlas en la realidad. Por eso me gusta escribir, me obliga a bajar y conectarme un rato con lo que viví o estoy viviendo.

Estaba en casa, sentada en el piso del balcón, testigo de tantas charlas y debates entre puchos y esmaltes. Usualmente salíamos un ratito y volvíamos a refugiarnos del calor agobiante en el aire acondicionado, pero ese día me quedé un buen rato.

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Miraba un arcoiris. Pero de una forma nueva, sonriendo mucho, sintiéndome totalmente presente en ese momento y disfrutándolo plenamente. Me di cuenta que lo que sentía se llamaba paz, y venía acompañada de gran felicidad.

“¿Cómo no vas a sentir paz y felicidad viviendo en una isla paradisíaca? Así cualquiera”- los imagino pensando. Pero no, no tiene nada que ver. Primero porque vivir en una isla tan paradisíaca como turística tiene muchas contras (ya se las contaremos), y segundo porque si el sueño de alguien es ser campeón olímpico en salto en largo, no va a sentir esta paz y felicidad viviendo en Phi Phi, las sentirá entrenando y compitiendo para lograr sus metas.

Me di cuenta que la coherencia con nuestro proyecto de vida es la clave principal de la felicidad. Obviamente, antes de poder accionar en dirección a nuestras metas, hay que saber qué es lo que queremos. Ahí está la primera dificultad. Porque muchas veces creemos saberlo pero nuestro deseo está teñido o influenciado por infinidad de circunstancias y personas; porque otras veces nos genera un miedo paralizante pensar en lo que queremos, porque conlleva enfrentarse con desafíos y superaciones personales; porque puede ser más fácil no preguntarse nada, no salir de la comodidad y enterrar los deseos donde no molesten.

Pero ¿se puede ser realmente feliz de esa manera?

Claudio García Pintos, profesor nuestro de la facultad, psicólogo y seguidor de Viktor Frankl dice que el “sentido de la vida” se refiere a la coherencia, y que la “búsqueda de sentido” termina siendo en realidad una búsqueda de coherencia personal.
El descubrimiento y la realización de este sentido, le confiere a mi vida orientación – porque me marca un “hacia donde”-, unidad o integración – porque nuclea mis esfuerzos en torno a esa orientación, preservándome de la dispersión – y dirección – porque conduce mi vida en la realización de tal tarea. Cuando esto no se satisface, se genera la frustración existencial, es decir, el sentimiento de falta de sentido de la propia existencia.

Tenemos una sola vida: ¿para ser felices o para ser cobardes? No hay nada más lindo que conectarse con uno mismo, saber lo que queremos y dirigir nuestros esfuerzos hacia eso. Cuando tenemos un sentido que nos llama, los miedos ya no nos paralizan, los desafíos se vuelven divertidos y empezamos a disfrutar de verdad las pequeñas cosas, como el sentarnos a mirar un arcoris.

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