Cuando el amor no es recíproco

Es posible que te hayas dado cuenta que has dado mucho más de lo que recibes a cambio en una relación. Diste todo tu afecto, toda tu atención y tu amor… pero de repente, te sientes a la deriva. Cuando eres rechazado sientes destrozado tu corazón y se daña gravemente tu autoestima. Pueden aparecer sentimientos de culpabilidad, irritación e incluso ira.

Esta triste historia comienza en un pequeño pueblo al norte de Myanmar llamado Nyaung Shwe. Una parada casi obligatoria para los que visitan este país, ya que desde esta localidad es posible visitar el famoso lago Inle, uno de los más importantes puntos turísticos de la antigua Birmania. Ahí conocimos a Kevin, un mochilero alemán que se fue de su país hace 4 años y con el que congeniamos al instante. Nuestra próxima parada sería Bagan, una ciudad con más de tres mil templos construidos entre los siglos XI y XIII desde los cuales se ven los más alucinantes atardeceres y amaneceres de la región.

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Los tres estábamos sumamente ilusionados y ansiosos por conocer este lugar. Lo que no sabíamos era que nos esperarían algunos traspiés…

Después de un night-bus de 9 horas (que por supuesto salió una hora más tarde), y rutas con más cráteres que la luna, llegamos a Bagan a las 5 de la mañana. Nos tomamos un taxi hasta la guesthouse en la que teníamos una reserva, y en el camino pagamos los 20 dólares que le cobran a los extranjeros por entrar en el área arqueológica. Ahí nos dimos cuenta que no teníamos plata para pagar el taxi, así que lo hicimos esperar al pobre señor una media hora hasta que finalmente localizamos un cajero que sí tenía dinero en su interior.

Llegamos. A esa hora de la madrugada ya había mucho movimiento, en esos días se celebraba Thadingyut (fiesta de las luces), la segunda festividad más importante en Myanmar. El señor de la guesthouse nos comunicó tranquilamente que todas las habitaciones estaban llenas. “Pero nosotros reservamos” – insistimos. No pareció importarle mucho. Genial. Buscamos en internet y sólo había una opción: un hostel de esos gigantes, que tienen varias sucursales en cada país y en los que sos un numerito más. Y en el que estaban cobrando 30 dólares por persona por un cuarto compartido de 6 (en Myanmar un precio normal por ese cuarto está alrededor de 6 dólares).

Ahí nos dirigíamos entre quejas irónicas y risas. Esperamos unos minutos a ser atendidos en la recepción, escuchando las conversaciones entre los huéspedes y el recepcionista francés. Ya en ese momento noté su actitud soberbia y se lo comenté a Agus. Finalmente nos atendió, llenamos unos formularios y llegó la hora de pagar. Cuando le di mis dólares me dijo que estaban un poco doblados, que en todo Myanmar no me los iban a aceptar. Le dije que ya había cambiado dólares en el mismo estado en otra ciudad, pero me contestó que aunque sea en Bagan, esos papeles eran como basura. Ahí fue cuando empecé a llenarlo de malas palabras en español. No sé qué habrá entendido el francés pero me ofrecía caramelitos con cara de asustado. Por suerte, ese mismo día más tarde cambié mis “papeles basura” a una cuadra del hostel y obviamente fui a contárselo al francés con mi mejor cara de sorete.

Tuvimos una larga espera desde las 7am hasta las 14 que hicimos el check-in y fuimos a alquilar motos eléctricas para recorrer la zona de los templos. Kevin iba adelante y nosotras en una misma moto lo seguíamos atrás.

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Agus nunca había manejado pero aprendió rápido, enseguida tomamos confianza (y velocidad) y ese fue el problema cuando empezamos a andar por caminos de tierra. En una curva nos soprendió una gran cantidad de arena, la moto frenó de golpe y caímos, lenta y estupidamente, sobre unos pastizales. Tres motos llenas de birmanos iban atrás nuestro, enseguida se bajaron preocupados a ayudarnos, mientras Kevin se quejaba porque había tenido que parar una grabación con la go-pro y rezaba, más que por nosotras, por la moto. Obviamente, nos agarró una tentación que duró horas.

Muy emocionados subimos a un templo a la hora del atardecer esperando el espectáculo del que todo el mundo habla. Por supuesto, enseguida se nubló todo y la magia se desvaneció.

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Pero todavía nos quedaba un atardecer y dos amaneceres más, no nos ibamos a rendir tan fácil. Volvimos al hostel hambrientos, esperando los 7 (literal) spaghettis gratis que dan tres veces al día. Pero como llegamos 10 minutos tarde, decidieron que ya no éramos merecedores de este abundante banquete.

El siguiente día empezó para nosotros a las 4.40 de la mañana, teníamos anotados tres posibles templos para ver el amanecer. El primero estaba repleto de gente, en el segundo estaba cerrada la terraza, así que nos dirigíamos al tercero cuando empezó a amanecer. Sí, no llegamos a subir. Kevin ya empezaba a entrar en una depresión profunda, pero a nosotras esta situación nos tentaba todavía más. Decidimos que la comida lo animaría, así que fuimos a desayunar al hostel y los huevos revueltos helados estaban riquísimos.

Por la tarde, con 40 grados de calor y sin ninguna sombra donde refugiarnos, subimos los escalones altísimos de 10 templos distintos para encontrar el lugar perfecto desde donde ver el siguiente atardecer.

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A la vuelta, nuestra moto tenía poca batería así que yo volví con Kevin y Agus tuvo que arrastrarla el último kilómetro hasta el hostel. En una subida, unos birmanos desde sus motos empujaron a Agus para darle envión. Todo muy normal.

Mientras dejábamos las motos cargando, fuimos a sacar el ticket de bus para el siguiente destino. Sería un viaje de 7 horas durante la noche, un tanto peculiar: no había asiento para nosotras, por lo que viajaríamos en banquitos de plástico en el pasillo del bus. Por el mismo precio, por supuesto.

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Cuando volvíamos de ver nuestro último atardecer fallido, en la hora pico de Bagan, en el medio de la ruta que está totalmente a oscuras, nuestra moto se quedó sin batería por completo y tuvimos que llamar para que nos vengan a buscar. Luego de hablar por teléfono con 5 birmanos, el último entendió dónde nos encontrábamos y vinieron a rescatarnos.

Pero rendirnos jamás. Al día siguiente nos volvíamos a despertar a las 4.40am, ya con dolores varios por las subidas a los templos, los saltos en la moto y la falta de sueño, pero con todas las fichas puestas en el último amanecer. Fuimos a buscar nuestras motos al local de siempre, pero ese día quisieron quedarse durmiendo, por lo que tuvimos que encontrar otro lugar abierto para poder alquilarlas.

El templo estaba repleto de chinos sacándose selfies, pero por suerte, Bagan nos regaló un último amanecer bastante decente para que nos fuéramos de una vez.

 

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Simplemente nos vimos obligadas a seguir adelante. Primero, porque ningún amor debe ser mendigado, y segundo, porque todo amor debe ser recíproco.

 

*Nada de lo que nos pasó fue tan grave como para no tomárnoslo con humor. Nuestro amor por Bagan sigue intacto, de ser necesario volveríamos a pasar por todo esto. Aunque esperamos que en la próxima, el amor sea recíproco.

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